
Un guardaparque buscaba un alga invasora y encontró el primer criadero de la Ranita de Chaltén
Julieta GiannettiSergio Goitía estaba buscando un problema y encontró una buena noticia. El guardaparque del Parque Nacional Los Glaciares, en Santa Cruz, revisaba los cuerpos de agua cercanos a la Senda a Laguna Azul, en la Seccional Moyano, en busca de Didymo, un alga invasora que amenaza los ríos patagónicos. Entonces vio movimientos bajo el agua.
Hizo una captura manual y preventiva, fotografió a los ejemplares en alta resolución y los devolvió de inmediato a su hábitat. Las imágenes llegaron a dos especialistas en anfibios patagónicos: la doctora Evangelina Soledad Vettese, de la Fundación Anfibia de El Chaltén, y el doctor Diego Barrasso, del IDEAus-CONICET de Puerto Madryn. Su conclusión fue clara: eran renacuajos de la Ranita de Chaltén (Chaltenobatrachus grandisonae), en fases tempranas y medias de desarrollo.
Por qué importa un puñado de renacuajos
Hasta ahora se conocían adultos de la especie en muy pocos lugares, pero nunca se había confirmado un sitio de cría activo dentro del parque. Que haya renacuajos en distintas etapas demuestra que ese ambiente funciona como lugar de reproducción y no solo como zona de paso.
En Argentina, los registros de la ranita se cuentan con los dedos de una mano: la Reserva Provincial Lago del Desierto, donde se la registró en 1997, y el valle del río Toro, en 2024. Del lado chileno se la conoce en Puerto Edén, en la isla Wellington. El nuevo hallazgo suma un punto clave al mapa y le da al parque una herramienta concreta para proteger ese sector.
Una rana hecha para el agua helada
La Ranita de Chaltén es endémica de los bosques y arroyos cordilleranos del sur de la Patagonia. Los adultos miden unos 4,5 centímetros. Tiene el cuerpo achatado, ideal para pegarse al fondo de los arroyos de montaña sin que la arrastre la corriente, y una coloración marrón oliva con un reticulado fino que la camufla entre las piedras. Sus renacuajos tienen una cola robusta y musculosa para moverse en aguas cercanas a cero grado.
La especie fue descripta en 1975 y en 2011 los científicos le asignaron un género propio, Chaltenobatrachus, en honor a la zona donde vive. Encontrarla en alta montaña es tan difícil que buena parte de su biología sigue siendo un misterio.
Un "termómetro" de la pureza del agua
Como todos los anfibios, la ranita tiene una piel muy permeable y es muy sensible a la contaminación y a los cambios en el ambiente. Por eso los especialistas la consideran un indicador de la salud de las cuencas de agua dulce y de los glaciares del sur patagónico: si la ranita está y se reproduce, el agua está en buen estado.
El hallazgo también deja una lección sobre el trabajo de los guardaparques. Un control de rutina contra una especie invasora terminó aportando información inédita sobre una especie nativa. Es el tipo de dato que solo aparece cuando hay gente recorriendo el territorio todos los días.
Fuentes:


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